Desde que José Carlos Martínez colgara las zapatillas de baile en la Ópera de París, hiciera las maletas y aterrizara en Madrid para dirigir la Compañía Nacional de Danza, ha estado bajo la lupa del crítico, el expectante y, lo que es peor, sorteando la sombra de su antecesor, Nacho Duato. Muchas esperanzas se cargaron sobre sus hombros y, probablemente, más de una zancadilla sufrió su andar ligero. Un año después y con tres espectáculos en la mochila es momento de hacer un pequeño balance que, en la opinión de quien estas líneas escribe, es positivo.

Hoy recordamos su carta de presentación en la Zarzuela con un programa variado y para todos los gustos, donde Martínez demostró firmeza y elegancia. Luego vino un pequeño tropiezo de la mano de Kylián y, durante estos días, aprovechando la edición anual de Madrid en Danza, ha elegido un triptico con mucho nombre español para seguir adelante.

En las Naves del Matadero la CND bailará hasta el domingo un programa divido en tres momentos. Y, a pesar de mantener la frialdad que caracterizó la etapa Duato, algo de fuego clásico se vislumbra entre sombras y movimientos holandeses. Todo comienza con “Unsound”, un estudio de las acciones cotidianas firmado por Arqués y Vierthaler. Aquí el movimiento se funde con el diálogo, mientras que la música evoca sitios remotos de nuestro interior. Esta es quizá la creación que más refinamiento necesita de las tres y mucho deben los coreógrafos a los excelentes intérpretes que hacen nacer de sí cada movimiento.

Más adelante llega “Babylón”, coreografía brava que explora los límites de la sincronía y las acciones en conjunto, que lleva a la cúspide el entusiasmo del público. Sus creadores, los prometedores Arancha Sagardoy y Alfredo Bravo, hablan de ese organismo vivo que llamamos humanidad, el que es conjunto e individuo en un mismo tiempo y espacio. Las exigencias de Sagardoy y Bravo hacen que la CND demuestre su potencial humano, provocando una exploración constante de las posibilidades técnicas e interpretativas de sus bailarines.

Y para cerrar la noche, Iván Pérez nos enfrenta a su “Demodé”. Esta creación, que es a la vez explosiva e intimista, escudriña nuestro interior y recrea, con movimientos sinusoidales, cada una de nuestras aristas. En ella los bailarines han de olvidar las limitaciones que la osamenta impone y ser pasta buena de ceramista. Con ella la CND deja la puerta más que abierta para un futuro que augura estrella rutilantes.

 

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