Música para sostenernos, palabras para sabernos, coros para acompañarnos, decorados para arroparnos y “La Gran Misa” del Ballet de Leipzig, para decirnos de nuestra existencia.

Comienza  “La Gran Misa” y asistimos a la simbiosis de música, voces y cuerpos. En el escenario, en quietud, un enjambre de cuerpos esbozan tímidos movimientos al son de los acordes. Van surgiendo, apareciendo e inician el vuelo, un aleteo ascendente  y vertiginoso. Palomas que describen en sus trayectorias cada nota de la partitura, torsos que se expanden, musculaturas imposibles, manos que ululan, brazos que se elevan, pies ingrávidos y blancos tules como alas de mariposas.

Armonía perfecta, cada nota inscrita en la musculatura, en cada tendón, cada  compás atravesando y modelando los cuerpos. Y así en esta danza de palomas y a veces garzas melancólicas  vamos ascendiendo, ascendiendo, olvidando.

Pero se extinguen los violines, las cuerdas, el viento, los coros, los blancos alados y aparecen otras cuerdas como cadenas y otros coros como gritos silenciosos en la soledad, y una negrura sin alas, muros, sombras, espejos…y  los acordes fríos y desnudos de un piano .

Iniciamos el descenso, sin coros celestiales, sin música, sin sedas. Ahora los cuerpos obedecen las instrucciones del piano, sin posibilidad de resistencia y toda una galería de imágenes se despliega sobre el escenario. Imágenes de desconsuelo, desamparo, desencuentro, sexualidad imposible, soledad y de fondo ese piano insistente marcando la danza que inexorablemente hemos de bailar.

También el piano puede cesar, pero la danza continua compulsivamente, obstinadamente, angustiosamente, en una repetición incesante donde solo escuchamos, de los danzantes, el desaliento, la respiración, los últimos estertores. Danzar, danzar  hasta la extenuación, un danzar que en su danzar mismo se precipita a  la quietud.

Fue tan alta la ascensión que aquellas alas, como las de Ícaro al calor del sol se fundieron y aquel sueño de palomas se desvaneció, y ahora  solo oscuridad, sombras y noche nos acompañan.

Y sin saber cómo de nuevo la presencia de la luz, el blanco, Mozart; tomamos aliento y otra vez iniciamos la ascensión, no tan confiados  pues ahora ya sabemos de las sombras y de su irrupción. Y como casi anticipábamos,  de nuevo se rasga el velo de la belleza, de lo níveo  y desde el fondo del escenario siluetas negras alineadas, sombras inmóviles enmarcadas en un rojo despiadado comienzan a agitarse, ya sabemos que no van a volar, se dislocan, las alas ahora son garras sin nada que asir, los brazos parecen independizarse del cuerpo, brazos, piernas, tronco, cabeza todo puros fragmentos desensamblados. Apolo nos abandona y Dionisio toma la escena. Pero los cuerpos quieren pertenecerse, buscan un orden, ese piano que les instruía y construía. Entre rojos y negros, sangre y noches,  buscan  un lugar donde acomodarse, estar y ser, en esas sillas metálicas que son arrojadas al escenario. Pero no hay sillas para todos, siempre sobra alguien, esos excluidos que pierden el paso y ahora ya no danzan,  tan solo corren espantados y gritan ferozmente. Sobre el escenario una jauría de gritos, de palomas castradas, de cadáveres apilados.

Las palabras de de Paul Célan, nuestro poeta de la desolación, nos anuncian después de tantas espinas la llegada de una rosa blanca que se despliega ante nuestros ojos, brazos estambres, cuerpos pétalos y toda su fragancia, invitación de nuevo a ascender, pero inevitablemente regresa de nuevo la soledad, la tumba y la muerte.

Nadie nos volverá a amasar de tierra y barro,
Nadie conjurará nuestro polvo.
Nadie.

Loado seas tú, nadie.
Por tu amor queremos
Florecer.
Hacia
Ti.

Una nada
Éramos, somos, seremos,
Foreciendo:
La rosa de nada,
La rosa de nadie.

Paul Celan.

 

Finaliza la misa y todavía nos aguarda otra “buena nueva”. Un grupo de operarios del teatro ante nuestras atentas miradas van desmontando el decorado, los bailarines se van despojando de ropa y maquillaje. Ya todo desarmado solo queda sentarse y desde la quietud escuchar de nuevo a Mozart y tener la certeza de que todo es un puro SIMULACRO.

El montaje ‘La Gran Misa’ del Ballet de Leipzig, dirigido por Mario Schröeder  e interpretado  por la Joven Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid junto a los solistas Auxiliador Toledano y Belén López (sopranos), Eduardo Santamaría (tenor) y Enrique Sánchez (bajo) , llega este fin de semana a los teatros de Canal de MadridDestacar una vez más la magnífica interpretación , a la que ya nos tienen acostumbrados,  estos jovencísimos interpretes de la JORCAM .

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