¿Cuántas veces hemos de ver la historia de los amantes adolescentes veroneses para decir nunca más? Romeo y Julieta crecen con nosotros, pero mientras maduramos y envejecemos ellos siguen lozanos. Mil y una vez son capaces de volar sobre lo establecido, saltar las más altas verjas y morir en la búsqueda de ese beso ardiente que sólo se encuentra en el albor de la pubertad. Innumerables son las versiones teatrales, varias las veces en la gran pantalla y decenas las coreografías que hacen bailar el juego que termina en tragedia. Sin embargo, la magia descrita por Shakespeare es inagotable. Los jóvenes amantes nos atrapan con su historia y volvemos a sufrir su conocido destino. Hoy el Teatro Real de Madrid vuelve a contarnos el encuentro de aquellos que murieron por amor, y esta vez es la danza el medio escogido y la música de Prokófiev quien la acompaña.

Mucho estaba en juego con este montaje. Luego de varios intentos y tropiezos la Compañía Nacional de Danza se viste definitivamente de largo y nos muestra su nombre con mayúsculas. La elección no pudo ser más acertada. “Romeo y Julieta” coreografiado por Goyo Montero hizo brillar cada arista del escenario, despejando las dudas que cernía sobre el proyecto valiente de José Carlos Martínez. Pero vayamos por partes. Dividido en dos actos la versión de Montero nos introduce con mano sabia en el mundo adolescente de riñas y amoríos. Para ello cuenta con un “maestro de ceremonia” que es destino, muerte y reloj. La introducción de este personaje llamado Mab es, probablemente, uno de los mayores aciertos. Él nos guía mientras construye la trama con la elegancia de quien todo lo sabe. Un trabajo que se creció con la precisión del excelente bailarín Allan Falieri, cuya presencia es un regalo para el espectador.

Otra particularidad es el desdoblamiento del personaje Madre-Ama, la cara y la cruz, la rigidez y la comprensión, donde Elisabet Biosca logró transmitir esta bipolaridad requerida. Y ya pasamos a la pareja de la noche, los adolescentes que nos hace llorar su afortunada des-fortuna. La elección de unos jovencísimos Aleix Mañé y Marina Jiménez le dio la frescura que exige la historia y no siempre se muestra. Mañé, algo dudoso en el primer acto, se crece en el segundo logrando momentos sublimes. Por su parte, Marina Jiménez no bajó su altísimo nivel en ningún instante. Ambos transmitieron la inseguridad del adolescente con paso sólido y química especial. Una sabia elección que también tuvo lugar en los roles de Mercucio, Tibaldo y Benvolio (Javier Monzón, Joel Toledo y Daan Vervoot respectivamente) quienes, sin olvidarse de bailar, hicieron de la actuación su pilar.

Pero los personajes principales no lo son todo en un ballet de toda la noche. El engranaje con el cuerpo de baile ha de ser riguroso y, afortunadamente, la CND demostró funcionar como una maquinaria suiza. Las escenas corales exhibieron un trabajo fino con cada uno de los bailarines que estuvo apoyado por un diseño de luces impactante y una sincronía casi perfecta con la orquesta. Está última, dirigida por Koen Kessles, mereció una larga ovación el día del estreno. Pero no nos engañemos, el titular está en Goyo Montero. Definitivamente ha nacido un coreógrafo. Este madrileño que ha bebido de medio mundo de la danza, Cuba incluida, ha sabido redondear una historia. Muchos dirán que toma prestado de otros pero ojalá los prestamos siempre logren su altura.

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