Tan sombrío como un bodegón de la tradición pictórica española es la puesta en escena que pinta Calixto Bieito para “Pepita Jiménez”, una ópera que supone la superposición de tres talentos que han pasado bastante tiempo fuera de este país, el suficiente como para tomar la perspectiva necesaria:  Albéniz, el compositor, Varela, el autor de la novela en que se basa el libreto, y el propio Bieito, que sigue siendo el regista nacional más demandado fuera (en dura pugna con La Fural dels Baus).

Albéniz compone una partitura cálida y luminosa, con referencias andaluzas, pues la trama –aunque el libreto venga escrito en inglés- está ambientada en una aldea del sur, pero obviando el folclorismo; Varela realiza un análisis complejo, primero del sentido del deber  (la protagonista obedece y se casa con un octogenario con apenas 16 años del que pronto enviuda) y luego de la omnipresencia de la religión (además de marcar el día a día y el comportamiento general  de esta población, su amado, Don Luis, está a punto de ordenarse sacerdote), aun así el autor no cae en la caricatura ni en la simplificación de la España rural con boina que suele hacerse.

Bieito, a quien no pocas veces hemos tildado de arrogante por servirse de cualquier puesta en escena para reivindicarse como creador  exhibicionista repleto de tics, compone aquí, pese a algunas obviedades, un lienzo que enmarca y favorece la ópera, con múltiples imágenes que potencian el drama y elevan la música romántica de Albéniz.

Hace a los habitantes salir del armario (y no  en el sentido que cabría esperar en una página como esta) que aquí convierte en metáfora de esos sepulcros blanqueados que, precisamente, critica la Biblia cristiana. Logra grandes momentos como el duelo, cruz en amo, entre el pretendiente y el enamorado de Pepita, potencia el dramatismo (con esos fantasmas obesos, semidesnudos e inmóviles), aunque también se deja arrastrar por la provocación fácil (esa Pepita bebiendo el vino del sacerdote…).

José Ramón Encinar realiza una lectura matizada de la partitura al frente de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid y el elenco se defiende en casi todos los compases, excepto algunos en los que Marina Rodríguez Cusí queda sepultada bajo la orquesta. Brilla tanto en el aspecto vocal como en el dramático la Pepita de Nicola Beller Carbone, capaz de la mayor contención y el desenfreno que los picos y valles de su personaje imponen.

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