“El lago de los cisnes” es, sin duda alguna, el ballet de los ballets. Mencionarlo trae automáticamente su música pegadiza y la imagen de una bailarina etérea con tutú blanco. Desde que se re-estrenara en 1895 en el Teatro Marinsky de San Petersburgo (su estreno en 1877 no fue un éxito) se ha convertido en sello para toda compañía de danza que se considere clásica. Por Madrid suelen llover decenas de Lagos anualmente. Sin embargo, es difícil superar la impronta que, desde hace más de dos décadas, viene dejando el Ballet Nacional de Cuba cuando cada final de verano nos trae la versión que Alicia Alonso hizo de esta coreografía.

Cuando asisto por enésima vez a una representación del Lago de los Cisnes por el BNC siempre me asalta una duda. ¿Qué me ha movido hasta aquí? Pero esto desaparece en cuanto el telón deja ver lo que se mueve detrás.

En la noche del estreno en el Teatro Canal se respiró una atmósfera especial. La magia que reina en ese lago encantado, lleno de doncellas convertidas en cisnes, se vivió desde los primeros momentos. Con un público entregado, el primer acto que suele ser un poco aburrido, se deslizo como la seda y nos preparó el camino para una función inolvidable. Fue meritorio el trabajo de acrobacia desplegado por Serafín Castro en su Bufón al igual que el desempeño de Dayesi Torriente, Estheysis Menéndez y José Losada en el esperado “pas de trois” de este acto. En el caso de Losada el mérito se duplicó por tener que seguir a la orquesta de la Comunidad de Madrid que más de una vez despistó acordes y perdió vientos. No obstante, nada pudo restar brillo a estos bailarines que sienten la danza desde dentro. En el segundo acto, ya en pleno lago, nos encontramos con una Odette tan perfecta que es difícil de describir. Anette Delgado baila con cada una de las aristas de su cuerpo y en cada paso cuesta encontrar el más mínimo atisbo de esfuerzo. Lejos de los excesos típicos tropicales, Delgado fluye, usa la técnica y nunca deja que esta última la domine. Sus pies son ligeros, sus pasos limpios y, como las grandes, marca el personajes con pequeños-grandes detalles haciéndolo suyo. A su lado el príncipe Silfrido tomó cuerpo en Dani Hernández quien en el primer acto se mostró demasiado noble, y el segundo funcionó como un buen partenaire. Pero no podemos pasar al tercer y último acto saltando por encima del alma de todo Lago, el cuerpo de baile. Es habitual que el BNC reciba las mejores críticas por su magnífico cuerpo de baile, hoy no será distinto, la perfección debería llevar por apellido su nombre y el público asistente así lo entendió. Ya en los prolegómenos del final, el Lago se vuelve oscuro y el alma del engaño baila en una Odile que se interpreta por la misma bailarina que encarna Odette. Es común que quien destaca en Odette (el cisne blanco) no pasa a la historia como la mejor Odile (el cisne negro) y viceversa. Pero estos son mitos que se rompen en la compañía cubana. Si en el segundo acto Anette Delgado volaba con plumas blancas, en el tercero sacó todo el histrionismo necesario para demostrar su altura. Memorables fueron sus 32 fouettés y su vaquita fastuosa. Increíble su transformación en este ser malvado que engatusa a un pobre príncipe enamorado. Todo ello, y más, se vivió en una noche que perdurará en la memoria de ese público que premió la excelencia con cinco minutos de ovación cerrada y bravos encendidos.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...